Días atrás me topé con este artículo brillante. Me siento completamente identificado con lo que allí describe. Casualmente hace poco en una charla de amigos sobre este tema el de "la política" (que para ciertas personas les resulta un tabú, porque lo asocian con la polémica y la pelea - grave error de concepto), pensaba en la idea que no todo debe pasar por la política. La realidad es mucho mas rica y compleja para que todo pase por ahí.
Estoy completamente a favor de la no obligatoriedad del derecho a votar, porque eso nos condiciona a que nuestra cotidianeidad sea marginada a eso y todo dependamos permanentemente de esto; algo que los diarios lo seccionan como "la política".
Hay mucho que no les interesa, tan válido como al que sí y actúa en concordancia. El problema es cuando nos resulta totalmente apático el tema, porque representa una alta cantidad de conflicto que generan los actores principales de esta tragicomedia.
El autor es Alejandro Rozitchner. Espero que le guste.
Recontrarrepodridos de la política
Me pasa lo que a muchos: oscilo políticamente. No me refiero a que cambie muy seguido mis preferencias (siempre estoy con los que hablan de hacer y hacen, antes que con los que pelean, acusan y no tienen logros). Me refiero al interés que me despierta la política: a veces mucho, a veces poco. A veces nada.
Cuando hay peligro de cambio, como si estuviera cerca el gol, todo se vuelve significativo, muy significativo, y por lo tanto también interesante. Son días para estar pendiente, para tratar de ver qué le pasa a este animal enorme que es una sociedad, y para tratar de incidir en los resultados del supermatch: las elecciones. Hablamos con parientes y amigos, discutimos por Internet, seguimos de cerca la cosa.
En otros momentos, cuando hay vueltas y más vueltas y vericuetos, y se ven los mil recursos que los gobernantes tienen para no actuar frente a los problemas, para no poner a andar decididamente la máquina de hacer y crecer que es ese animal social, me sobreviene un desencanto profundo. Una mezcla de bronca con desasosiego. Un cansancio, un hartazgo.
Muchos tienen a esta última actitud como la única posible. Están recontrarepodridos de la política, porque sienten que en ella se cocina el mal. Son los talleres del demonio. Los políticos son esos neuróticos que necesitan tener un poder que después no quieren aplicar a nada en concreto, un poder que se mueren por tener, que los reseca y envilece, sin que les de realmente nada muy real a cambio. Como dijo una vez con precisión Sergio Berensztein: los políticos se aburren con la gestión. Prefieren la rosca. Suspenda la reunión con el equipo de planificación de (lo que sea), que tengo que resolver unas roscas con el intendente. No digo que se expresen así, pero eso imaginamos. Eso o cosas peores.
Pero esta actitud es un error. No porque el ambiente político esté lleno de personas que sólo quieren el bien -aunque hay muchas, más de las que creemos, aun en esos terrenos en los que creemos que esas plantas no crecen-, sino porque hay un fantasma, en ese cuento de lo malos que son los políticos, que cambia el sentido de todo. Falta un personaje.
¿Quién falta? ¡Vos! O mejor dicho: ¡uno! Me explico: uno vive creyendo que esas cosas tendría que solucionarlas otro. Que el país tendría que ser de otro modo. Por ejemplo: todos los chicos argentinos tendrían que estar bien alimentados. ¡Qué barbaridad, no lo están!, nos quejamos o decepcionamos, y creemos que hemos hecho nuestro aporte. Pues no. Claro que tendrían que estar alimentados, el tema es quién va a ocuparse.
Mirar a la cara los hechos es darse cuenta de esto: que todos los chicos argentinos estén bien alimentados es un hermoso deseo. Ahora hay que transformarlo en un buen plan, y hacerlo. No hay a quien reclamarle: ¿quién es responsable de que no se realice ese deseo en nuestro país? No hay un superpadre a cargo, hay personas. Esas personas somos nosotros, los argentinos. ¿Cómo vamos a lograr concretarlo?
Sí, ya sé que la respuesta de muchos es que hay otros, los malos, que hacen que las cosas sean así, que de ellos es la culpa, que si no fuera por su perversidad todo andaría bien. Pero es más una manera de ponerse a salvo, de quedar bien, que una verdad. Si dejamos la política en manos de viciosos del poder, la culpa no es de ellos, es nuestra. Siempre va a haber gente capaz de hacer cosas feas, el tema es no dejarlos.
Horrorizarse frente a la política puede ser lindo, puede parecer noble, puede dar la ilusión de que uno es mejor que aquellos que critica. Pero si en los hechos uno no hace su aporte, no sirve. A las cosas hay que hacerlas.
Y además: no es cierto que todo dé lo mismo. Hay opciones. Siempre hay gente nueva que se quiere meter en la maquinaria del poder para ponerla andar a favor del crecimiento, de la plenitud de todos. Siempre hay gente que se junta para dar pasos útiles, que quieren una política de servicio, creativa, útil, moderna.
Hay que acercarse a la política. No hace falta entregarle la vida. La buena política no se hace matando o haciéndose matar, ni olvidándose de uno mismo en un sacrificio altruista. La buena política se hace queriendo al mundo, metiéndose en la realidad, buscando la satisfacción de aportar algo a una realidad que sabemos que se pone buena cuando mucha gente trabaja para mejorarla. ¿O no?
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